La familia, el primer bastión de formación. La familia tiene un peso gigantesco en el desarrollo de una persona. Antes de ser capaces de razonar, vivimos sumergidos en ideales, hábitos, conceptos éticos y morales que no son genuinamente nuestros. Unos padres amorosos siempre desearan la felicidad y prosperidad de sus hijos. Sin embargo, ellos también son humanos, también tienen ciertas aspiraciones y deseos (en este caso relacionas a la descendencia), así como también, poseen un método de crianza propio. Estos factores contribuyen a que, durante nuestro desarrollo biológico, adquiramos patrones pre impuestos, patrones que no necesariamente son dañinos, tampoco positivos, sencillamente son. Tendemos a seguir estos patrones o paradigmas al pie de la letra, quizás por la glorificación de las figuras paternales o porque nacimos en ese molde y es lo que nos resulta natural. Es importante estar conscientes de que los deseos de los padres no necesariamente son los más adecuados para sus hijos, si bien no se niega el deseo de éxito, recordemos que esa palabra tiene una definición muy ambigua según el lente con el cual se le observe. Si se viviese repitiendo una y otra vez los mismos comportamientos probablemente nunca hubiésemos llegado a donde hemos llegado como sociedad. Es importante cambiar los paradigmas, adueñarnos de ellos e influenciarlos con nuestra propia chispa personal. En otras palabras: como padres, dejar pensar a nuestros hijos con criterios propios; como hijos, pensar. Dentro del desarrollo de cada persona existe un punto de inflexión. Un punto en el cual se rompe con un esquema pre impuesto por el método de crianza y por la misma personalidad de los padres. Este punto suele llegar durante la adolescencia, uno de los periodos de mayor autodescubrimiento y conocimiento. Naturalmente, en esta etapa de nuestras vidas empezamos a pensar por nosotros mismo, somos poseedores de una relativa madurez que nos lleva a preguntarnos sobre nuestros gustos, nuestras aspiraciones, nuestros anhelos, nuestros amores y muchas otras cosas de importancia para la etapa en la que nos encontramos (es difícil que el pensamiento autocritico de un adolescente sea similar al de un adulto de 30 años, por ejemplo). Resulta un choque en el núcleo familiar cuando el hijo empieza a pensar por sí mismo, no necesariamente se manifiesta de forma negativa, pero si trae consigo una sorpresa. La pequeña ave empieza a volar, adquiere su independencia y empieza a formarse como un individuo genuino a sí mismo, manteniendo influencias familiares, pero creando y ejecutando acciones y pensamientos propios. ¿En qué momento nuestros pensamiento empiezan a ser verdaderamente nuestros? Realmente no hay forma segura de decirlo, pues siempre se verán influenciados por familia, amigos, el entorno, los recuerdos, etc. Somos una amalgama de experiencias vividas y huellas dejadas por otras personas. Así como nos vemos influenciados también somos capaces de influenciar.

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